Pareciera,
cuando adquieres los conocimientos teóricos de la mediación, que no es tan
difícil mediar. Sabiendo cuales son las técnicas y herramientas debería ser
así, pero la realidad supera la ficción. Cuando estas concentrado en la escucha
activa y todas las capacidades están dedicadas a ello, es difícil aplicar las
preguntas abiertas, las cerradas, el parafraseo y evitar que aparezcan en tu
mente los, tan temidos, juicios de valor.
Lo
único que puede hacerse es seleccionar de la “caja de herramientas” de cada uno
la habilidad que creemos más adecuada para cada momento y tras usarla, o
incluso con carácter previo, someterla a contradicción, preguntándonos a
nosotros mismos, si la técnica es la adecuada y si la estamos utilizando de
manera racional y objetiva.
Aunque
es obvio, resulta difícil no dejarse colonizar por alguna de las partes,
emitiendo una primera o segunda impresión de la misma (o sobre la contraria) y
por tanto un inevitable juicio de valor.
Las
estrategias, habilidades y herramientas del mediador profesional nunca están
exentas de contener juicios de valor. Aunque la intención, un poco pretenciosa,
sea la de llegar “limpios” a la mediación, la realidad es que nadie llega de
esa forma.
Esta
selección de herramientas para aplicar a la mediación, ha de venir basada en la
certeza profesional y en la experiencia. Si la técnica no diera el resultado
querido, la misión será reflexionar,
analizar el problema. Habrá que preguntarse si estábamos escuchando
desde fuera o desde dentro de nuestro mundo cultural o desde nuestra
experiencia personal y lo vivido y subjetivo…. y por tanto, dejándonos llevar
por un juicio de valor. Sería lo correcto preguntarse si la conclusión a la que
has llegado está viciada o por el contrario atiende a una realidad objetiva.
Todo
esto, hace que cobre sentido el revisarse a uno mismo, después de cada
mediación y más que nunca, la aplicar
flexibilidad, tener en cuenta la diversidad, cintura de cambiar de actitud personal y no dejarse regir por el pensamiento único.
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